24 de abril, 2026

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Discurso

Iris Navarrete Murillo

Hoy, al cumplirse 56 años de aquellas jornadas de abril, recibo, a través de la voz de mi hijo, este homenaje con profunda gratitud y también con una sincera humildad.

Quisiera iniciar agradeciendo de manera especial a la Federación de Estudiantes de la Universidad de Costa Rica, y a todas las personas que hicieron posible este homenaje. Este gesto no solo honra una historia, sino que demuestra que la memoria sigue viva cuando hay voluntad de recordarla y de comprenderla.

También quiero decir, con un profundo cariño, que la Universidad de Costa Rica ha sido y sigue siendo parte esencial de mi vida. Es mi alma mater, lo es también para uno de mis hijos, y si la vida lo permite, lo será para uno de mis nietos que hoy camina por esos mismos pasillos. Esa continuidad no es casual: es reflejo de lo que la universidad pública representa como espacio de formación, pensamiento crítico y compromiso con el país.

Agradezco este reconocimiento no como un logro individual, sino como un recordatorio colectivo. Porque la historia nunca la hace una sola persona. La historia la construyen muchas manos, muchas voces, muchas dudas y muchas convicciones que, en un momento determinado, se atreven a coincidir.

Y sin embargo, también es cierto que las reivindicaciones históricas a veces llegan tarde. A veces tardan décadas en encontrar su lugar. A veces se abren paso lentamente entre silencios, omisiones y relatos incompletos. Pero llegan. Y cuando llegan, no lo hacen para corregir el pasado únicamente, sino para iluminar el presente.

Por eso este momento no lo entiendo como una reparación personal, sino como una afirmación de algo más grande: que las ideas, cuando son justas, persisten; que las luchas, cuando nacen del compromiso genuino, trascienden; y que el legado, ese que no siempre es visible de inmediato, termina encontrando su camino.

Hace 56 años, yo no era más que una estudiante. Una joven con preguntas, con inquietudes, con el deseo de entender mejor lo que ocurría en su país. No había en mí ninguna intención de protagonismo, ni mucho menos la idea de formar parte de un momento que sería histórico.

Había, eso sí, una convicción sencilla pero poderosa: que las decisiones que afectan a un país deben ser comprendidas, cuestionadas y debatidas. Que el conocimiento no es un lujo, sino una responsabilidad. Y que el silencio, ante lo que nos parece injusto, también es una forma de renuncia.

Lo que ocurrió después no fue obra de una sola persona. Fue el resultado de una comunidad estudiantil que pensó, que discutió, que investigó, que se organizó. Fue el fruto de una resistencia que no nació en la improvisación, sino en el análisis, en el estudio, en la capacidad de argumentar y de sostener ideas con rigor.

Y en eso quisiera detenerme un momento.

Porque a veces pensamos la resistencia únicamente como un acto de confrontación visible. Pero hay otra forma de resistencia, igual de poderosa y muchas veces más duradera: la que nace en los espacios del intelecto, en las aulas, en los libros, en la investigación rigurosa, en el pensamiento crítico.

Esa fue, en gran medida, la raíz de lo que vivimos entonces.

Y esa raíz tiene un espacio indispensable: la universidad pública.

Una universidad autónoma, independiente, libre de influencias políticas externas y libre de cualquier forma de coacción. Porque solo en un entorno así puede florecer el pensamiento crítico genuino, la investigación honesta y la discusión libre de ideas. Defender esa autonomía no es un asunto administrativo; es defender la posibilidad misma de cuestionar, de incomodar y de construir un país más justo.

Antes de aquel momento, es justo reconocerlo, la comunidad universitaria no siempre tuvo el nivel de participación y beligerancia que hoy le conocemos. Existía, en muchos sentidos, una actitud más contenida, más distante de los grandes debates nacionales.

Las jornadas contra ALCOA marcaron una ruptura.

A partir de entonces, la universidad empezó a asumirse con mayor claridad como un actor crítico, como un espacio que no solo forma profesionales, sino ciudadanía comprometida. La voz estudiantil dejó de ser esporádica para convertirse en una presencia constante en la discusión pública.

Si hoy la Universidad de Costa Rica se reconoce por su capacidad de cuestionar, de incomodar cuando es necesario y de participar activamente en los grandes temas del país, esa historia también lleva, de manera modesta y colectiva, la contribución de quienes, siendo apenas estudiantes, decidimos no permanecer en silencio.

No fue solo una protesta. Fue también un proceso de comprensión. Un ejercicio colectivo de hacerse preguntas incómodas. De no aceptar lo dado como incuestionable. De asumir que el conocimiento puede, y debe, incomodar cuando se enfrenta a la injusticia.

Si algo quisiera dejar como mensaje hoy, es precisamente eso: que no hay esfuerzo pequeño.

A veces subestimamos el valor de una idea compartida en un aula. De una investigación bien hecha. De una pregunta planteada en el momento oportuno. De una voz que, aunque parezca aislada, se atreve a decir “esto merece ser revisado”.

Pero la historia nos demuestra una y otra vez que esos gestos, aparentemente modestos, pueden convertirse en algo mucho mayor.

“Una sola chispa puede incendiar la pradera”, se dijo alguna vez.

Las acciones y las ideas de una “simple” estudiante, como tantas y tantos otros, pueden ser una de esas chispas.

Y cuando la pradera se enciende, ya no es posible volver atrás.

Hoy, al mirar ese pasado, también reconozco algo con serenidad: que muchas historias, no solo la mía, fueron contadas durante años desde miradas incompletas. Sin rencor, pero con claridad, es importante decir que hubo aportes, especialmente de mujeres, que quedaron en segundo plano o sin nombre. Y precisamente por eso, este momento tiene un valor especial.

A las mujeres jóvenes de hoy, quisiera decirles: su voz importa, incluso cuando no siempre sea reconocida de inmediato. Su pensamiento, su trabajo y su compromiso dejan huellas más profundas de lo que a veces parece. La historia puede tardar en nombrarlas, pero eso no disminuye en absoluto el valor de lo que hacen. Sigan participando, cuestionando, investigando y construyendo, porque cada paso que dan abre camino para otras.

Hoy, al mirar ese pasado, no lo hago con nostalgia, sino con responsabilidad. Porque sería un error pensar que aquellas luchas pertenecen únicamente a la historia.

Las praderas, como las incendiadas aquel entonces, no han desaparecido.

Siguen ahí.

Existen praderas de inequidad que aún esperan ser cuestionadas. Praderas de injusticia que todavía resisten el cambio. Praderas de corrupción que se sostienen, precisamente, en el silencio y en la indiferencia.

Y frente a ellas, cada generación tiene que decidir qué papel quiere asumir.

No todos estarán en la primera línea de una manifestación. No todos ocuparán espacios visibles. Y eso está bien. Porque las transformaciones profundas no dependen únicamente de quienes marchan con valentía, sino también de quienes investigan, piensan, enseñan, cuestionan y construyen alternativas.

La lucha razonada, esa que se fundamenta en el conocimiento, en la ética y en la búsqueda honesta de la verdad, sigue siendo indispensable.

Y quizás hoy más que nunca.

En tiempos donde la información circula con rapidez, pero no siempre con profundidad; donde las opiniones abundan, pero no siempre se sostienen en evidencia; donde la polarización amenaza con sustituir al diálogo, se vuelve urgente reivindicar el valor del pensamiento crítico.

No como un ejercicio académico aislado, sino como una herramienta viva para la democracia.

Quisiera también aprovechar este momento para agradecer.

A quienes en su momento creyeron, dudaron, debatieron y actuaron. A quienes estuvieron en las calles, pero también a quienes estuvieron en las aulas, en los escritorios, en las conversaciones largas y a veces difíciles.

Y a quienes, décadas después, han decidido mirar hacia atrás con nuevos ojos. Con una disposición a revisar, a ampliar, a reconocer lo que quizás no se dijo en su momento.

En ese sentido, quiero expresar un agradecimiento especial a don Randall Chaves, cuyo trabajo de investigación permitió rescatar del olvido aspectos fundamentales de mi historia, y contribuir a una memoria más completa, más justa y más honesta.

Ese ejercicio de memoria también es una forma de valentía.

Porque recordar no es solo repetir lo que ya sabemos. Es también atreverse a ver lo que quedó fuera. A reconocer que la historia es más compleja, más diversa y más humana de lo que a veces queremos admitir.

Finalmente, quisiera dirigirme especialmente a las personas jóvenes.

A quienes hoy están en las universidades, en colegios, en espacios de formación. A quienes sienten inquietud, inconformidad o incluso incertidumbre frente al rumbo de su entorno.

No subestimen el poder de su curiosidad. No minimicen el valor de hacerse preguntas. No renuncien a la posibilidad de comprender antes de actuar.

Y sobre todo, no crean que su aporte es demasiado pequeño para hacer una diferencia.

Porque la historia, esa que hoy conmemoramos, está hecha precisamente de esos aportes.

De ideas que parecían pequeñas.
De voces que parecían aisladas.
De gestos que parecían insuficientes.

Y sin embargo, fueron suficientes para encender algo más grande.

Que este homenaje no sea solo un acto de memoria, sino también una invitación.

A seguir pensando.
A seguir cuestionando.
A seguir construyendo.

Y, cuando sea necesario, a seguir encendiendo las praderas que aún esperan justicia.

Muchas gracias.

Iris Navarrete Murillo

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